La situación estaba llegando ya a un punto en que se le hacía insoportable. Todo en su vida iba de mal en peor. Se encontraba frente a su monitor en la oficina, mirando sin ver como un zombi de una peli de Wes Craven, cansado de no hacer nada o de llevar a cabo tareas banales que no querría para sí ni un becario de la profesión; harto de un sueldo ridículamente bajo para una persona con su experiencia profesional y de estar metido en un trabajo repetitivo y aburrido. Su relación de pareja hacía aguas, cada vez que se daba la vuelta aparecía un agujero nuevo en el barco del amor. Aguantaba a base de tesón, porque la amaba más que a ninguna otra cosa en el mundo, pero la situación no mejoraba. Siempre terminaban de nuevo en la casilla de salida. A todo esto sumado un cansancio perpetuo debido al calor estival y a la falta de sueño, el resultado era insostenible. Tenía que hacer algo.
Se levantó de su silla de oficina y sin mediar palabra con compañeros o jefe, cogió sus cosas y salió de la oficina. <<Un paseo por el centro me vendrá bien>> pensó. Salió del complejo de su empresa y se dirigió a la estación de metro más cercana.
A las 11 de la mañana de un día laborable era una gozada viajar en Metro. Nada de aglomeraciones, de aguantar los malos olores de los otros pasajeros, de soportar a los drogadictos e indigentes pidiendo dinero con sus peroratas perfectamente aprendidas, como si se las hubiera escrito algún guionista famoso. Hasta se pudo sentar cuando entró en el vagón, lo que le vino muy bien para poder pasar desapercibido, cosa que buscaba en su pequeña escapada. Cuando eres una sudorosa masa de metro noventa y más de 100 kilos es difícil no llamar la atención. Pero sentado es otra cosa, aunque el tamaño es el mismo, da la sensación de ser más pequeño.
Escuchando uno de sus grupos favoritos de Symphonyc Metal se le pasó volando el viaje, que duró apenas 15 minutos. Cuando salió de la estación, de pronto descubrió un pequeño factor con el que no había contado hasta el momento: tremendo calor. Casi se le quitan las ganas de respirar, pero empleó toda la fuerza de voluntad que pudo reunir y terminó de subir las escaleras. Todo lo rápido que pudo, se movió esquivando putas, inmigrantes comprando oro, drogadictos repartiendo publicidad y demás fauna urbana y comenzó a andar en busca de alguna calle que no estuviera bañada por el mortal sol de -casi- mediodía.
Comenzó a callejear por las pocas calles oscuras que encontró en el centro de la ciudad, sin rumbo y sin hacer mucho caso a su entorno, enfrascado en los riffs de guitarra eléctrica que resonaban en sus tímpanos, totalmente ajeno al vibrante teléfono móvil que no dejaba de tratar de llamar su atención en su bolsillo, recibiendo llamadas desde la oficina. Fue así como, cuando se quiso dar cuenta, estaba en una calle que no le sonaba de nada. Tampoco es que fuera un gran conocedor de esa parte de la ciudad, pero aquella calle no parecía siquiera pertenecer al país. No sabría decir qué, pues tampoco era un entendido en arquitectura, pero algo no encajaba. Sus pasos se volvieron lentos y su mirada frenética mirando las fachadas de los edificios y reparando en los escaparates de las tiendas. Se empezó a poner nervioso cuando cayó en la cuenta de que la calle estaba desierta.
Los nombres de las tiendas eran ridículos y extraños: “Tu tienda de magia”, “Suministros para chamanes”, “Espíritu del Tao”, “Repuestos para cyborgs”. Hasta que una tienda casi le arrastró a su interior. El letrero rezaba “Vidas intercambiables” y el escaparate era un amasijo de fotografías de personas. Le entró la curiosidad.
El recinto, al igual que la calle, estaba vacío. Parecía una biblioteca: sólo había estanterías que llegaban casi al techo, dibujando laberínticos pasillos. Vista desde dentro era mucho más grande que lo que parecía por fuera. El polvo era una constante en aquel lugar y se dio cuenta de que tenía que moverse como a cámara lenta si no quería morir asfixiado bajo una montaña de polvo, ácaros, moho y a saber qué más. Los estantes estaban etiquetados: “Estrellas del rock”, “Estrellas de cine”, “Jugadores de la NBA”, “Archimagos”, “Cyborgxeadores”, pero también “Fontaneros”, “Informáticos”, “Profesores”, “Fruteros”, “Tuberos”. Aquello se volvía rarísimo por momentos. Las baldas, de una madera tan antigua que podría proceder de alguna especie de árbol ya extinta, contenían volúmenes enormes nombrados igual que las etiquetas, más unas letras: “Fontaneros A – C”. Aquellos tomos estaban encadenados a los muebles y parecían tan viejos como todo lo demás, con los lomos sujetos escasamente a las amarillentas y quebradizas páginas. Cogió uno al azar, ni siquiera se fijó en el nombre, y al abrirlo el polvo se metió en todos los recónditos de su rostro, provocándole un sonoro estornudo. Cuando se recuperó echó un vistazo a la página por la que había abierto aquello y vio que no era más que un listado de personas, pequeñas fichas con algunos datos de cada hombre y mujer: nombre y apellidos, fecha de nacimiento -y de fallecimiento en algunos casos-, una breve descripción física, ocupación y algunos datos más como si tenía familia o su nivel económico y cultural.
<<Un enorme listado de personas, clasificadas por su profesión>> pensó echando un vistazo a las estanterías que tenía ante sí.
-Buenos días, señor -dijo de pronto una voz tras él. Aquella voz sonó dulce y transmitía una calma tal que podrías dormirte manteniendo una conversación con aquella persona.
Sin embargo, el sobresalto fue mayúsculo. Se creía el único en aquel lugar. Dejó el libro en su sitio y se giró para ver quién le había saludado. Era un hombre mayor, él hubiera le hubiera calificado de antiguo, añejo. Con un escaso pelo plateado y unas pequeñas gafas asomándose al vacío desde el borde de su nariz aguileña. Con una expresión de sabiduría y divertimento a la vez, aquel anciano le miraba con curiosidad.
-Eh… buenos días a usted también -consiguió responder, con el corazón aún acelerado.
-¿Deseaba algo en particular, señor?
-Eh, no, gracias, sólo miraba -respondió, intentando girarse de nuevo hacia la estantería con aire nervioso.
-Déjeme adivinar, joven: es su primera vez en mi tienda.
Vaya, así que aquel tipo era el dueño. Bueno, le pegaba…
-Sí -confesó con cierta timidez-, de hecho, no recuerdo haber estado nunca antes en esta calle.
-Bueno, eso se debe sin duda a que no es una calle fácil de encontrar -sentenció guiñando un ojo.- ¿Quiere que le cuente qué tipo de tienda es ésta y cómo funciona, hijo?
-Err… claro, adelante.
-Bien, como habrá visto, la tienda se llama “Vidas intercambiables”. Es así de fácil, joven, lo que le ofrezco es la posibilidad de intercambiar su vida con la de cualquier otra persona de este planeta, viva, muerta o aún por nacer, por un tiempo a determinar entre ambas partes. Durante ese tiempo, usted será esa persona y esa otra persona será usted.
El anciano dijo todo eso sin reírse, pero con una amplia sonrisa y su voz calmada. El joven tuvo que esforzarse al máximo por reprimir una carcajada. Pensó en cosas muy tristes, como el salario mínimo, la tauromaquia, la tele-basura o la muerte de Chanquete.
<<O sea, que este adorable montón de arrugas piensa que se pueden intercambiar vidas… Bueno, vamos a seguirle el rollo, al menos pasaremos un buen rato>> pensó el joven.
-¿Ha dicho personas “vivas, muertas o aún por nacer”?
-Así es, señor, cualquier persona del presente, pasado o futuro. No hay restricciones para el funcionamiento de nuestro… “producto”.
-Pero, ¿cómo es eso posible? ¿Podéis viajar en el tiempo? ¿Y cómo funciona exactamente vuestro “producto”?
-Bueno, no puedo contarle todos nuestros secretos, como comprenderá. Nuestra tienda y nuestro “producto” son algo único. Sólo le diré que no viajamos en el tiempo. Y en cuanto a cómo funciona la tienda, es simple: si usted aún no forma parte de nuestro catálogo, tiene que rellenar una ficha; una vez en él, selecciona una persona de nuestro catálogo y hace una “oferta” de intercambio, que nosotros tasamos; nosotros nos ponemos en contacto con esta persona; si acepta su “oferta”, ambos tienen que pagar el precio tasado por nosotros; si no, entrarán en una fase de negociación hasta que ambos estén de acuerdo con los términos y, tras llegar a ese acuerdo, nosotros actualizamos el valor de la tasación; una vez recibido el pago por ambas partes, nosotros realizamos el intercambio y, por el tiempo acordado, cada uno será la otra persona.
-¿Me podría explicar mejor eso de “ser la otra persona”?
-Claro, es bien sencillo: básicamente lo que hacemos es intercambiar sus almas. De esa manera, usted será la otra persona, estará metido en su cuerpo, pero conservará todos sus recuerdos y experiencia personal. No obstante, a todos los efectos, en ese mundo, usted será esa persona. Nadie notará la diferencia a simple vista. Sólo aquellos que conocieran bien a esa persona podrán ver cambios en el comportamiento, actitud y demás. Pero dependiendo de lo que quiera hacer, puede dar igual -y volvió a guiñar su arrugado ojo.
El joven alzó entonces la mirada y observó las decenas, quizá cientos, de estanterías. <<Poder vivir la vida de quien yo quiera…>>
-Supongamos que me lo creo. ¿Cuánto se tarda en el proceso y cuánto cuesta?
-Bueno, eso algo complicado, depende de cada persona. Para cada persona realizamos una tasación del valor por día en función de bastantes datos. En cuanto al proceso, garantizamos que en un plazo máximo de una semana, si ambas partes aceptan la oferta inicial, estarán disfrutando del intercambio. Luego, como comprenderá, hay ciertas clausulas, normas, y un seguro de catástrofe que tendrá que abonar. Simple burocracia -dijo con una enorme sonrisa.
En ese momento entró una pareja en la tienda, jóvenes también, de unos 30 años como mucho. Iban cogidos del brazo y admiraban las estanterías a medida que paseaban entre ellas. El anciano se giró un momento, cogió algo de una estantería y se lo dio al joven.
-Mire, joven, léase este folleto. Si está interesado, rellene la ficha que viene aquí, ¿ve? Luego deje la ficha en aquél montón de allí y a partir de ese momento podrá realizar alguna oferta o, quién sabe, puede que sea usted el que la reciba -dijo, guiñando de nuevo su ojo. El joven empezaba a pensar que quizá fuera un tic.
Mientras ojeaba el folleto escuchó cómo el anciano se acercaba a la pareja y comenzaba a charlar con ellos, pero se alejaban y no pudo escuchar lo que hablaban. Tras leer por encima la información del tríptico, pensó <<qué demonios>> y rellenó la ficha. La recortó y la dejó en el montoncito que le había indicado el dueño de la tienda. Al salir, se dio cuenta de que el amable señor le miraba, guiñándole el ojo, al tiempo que se despedía agitando su mano derecha. Se despidió a su vez y salió de nuevo a aquella extraña calle.
<<Por qué no, quizá lo que me haga falta sean unas vacaciones de mi vida…>>